lunes, 23 de enero de 2012

¿Y ahora qué le digo? [Aquí conmigo y allá con quién...].

Bueno... ¿Qué puedo decir ahora?... N.P.I.1


Suele pasar eso. 
Generalmente, a mí me ocurre cuando tengo que decir algo inteligente o importante; pero, más que eso, cuando realmente tengo que cumplir una responsabilidad, que se traduce en: 
juntar palabras coherentemente y de forma estética, independientemente de la finalidad a la cuál esté destinado el discurso.


Pero hay casos de casos... y casos especiales. Voy a relatar uno muy, muy especial, que me pasó con una persona muy, pero muy, muy especial, en el que, a pesar de todo, salí bien librado.


Resulta... (Casi siempre digo eso cuando empiezo)...


Resulta que estaba yo, teniendo una conversación telefónica con una de las mejores personas que una buena madre haya podido parir en este valle de lágrimas (planeta). Una de las personas más bellas que alguien pueda llegar a conocer en el universo entero. Ella hacía -y hace- parte de la nutrida lista de personas, sucesos y cosas gloriosas que he conocido en lo que he vivido de esta reencarnación.


Hay conversaciones en las cuales uno ya sabe qué tema se va a tratar, qué le tengo que decir, e incluso uno puede llegar a creer saber lo que la otra persona le va a decir a uno, por lo tanto uno siempre -o casi siempre- prepara un discurso premonitorio con antelación. 


(La madre que usted también lo ha hecho).
Yo ya tenía mi parla ensayada. 


La charla comenzó siguiendo el protocolo con el cuál suele desarrollarse la mayoría de las conversaciones telefónicas colombianas cuyo objetivo primordial es el cortejo pre-marital, o en su defecto noviazgo, goce y otros relacionados. Por lo tanto, yo ya me sabía la primera parte del parlamento protocolario, que dice más o menos así: 


Ella [Descuelga y habla (¡Obvio!: si no va a hablar ¿Pa' qué descuelga?)]:  ¿Aló?
Yo [Con acento varonil y serio para denotar "caché y decencia"]: ¡Aló! ¡Buenas tardes! Disculpa... ¿Serías tan amable de comunicarme con... "Ella"? -[Algunos nombres han sido cambiados para proteger la identidad de nuestros protagonistas]-.
Ella: Sí. Hablas con ella. ¿Con quién hablo?
Yo: ¡Hola! ¡Hablas conmigo...


La conversación entre Ella y Migo transcurría según lo dicta ese libreto "telefónico-conversacional" que viene pre-instalado en casi cualquier cerebro de este siglo. -Uno puede hacer algunas pequeñas modificaciones, pero el protocolo coloquial viene siendo básicamente el mismo para todos los casos-.


Parecía como si los cables de mi cerebro entraran en "cortocircuito" cada vez que hablaba con ella -y aún me sigue pasando-. Entonces comenzaba a emanar estupideces cada vez que me hacía alguna pregunta... de hecho, emanaba estupideces cada 10 segundos. Es más... la respuesta no tenía nada que ver con la pregunta:


Ella: ¿Qué haces?
Yo: Bien...
Ella: Cómo estás?
Yo: Ahí...


Dos segundo después de cada respuesta mía, me sentía cada vez más idiota. Sin embargo me sentía aliviado  porque, aunque fuese por caridad, Ella seguía hablando con yo, y Migo con Ella. Y yo seguía respondiendo pendejadas:


Ella: ¿Qué me cuentas?
Yo: No... bien... pes, ahí... nadita... juicioso... y pues... no sé... ¿Qué más? ¿Y tú qué tal?


¡Oh, por Dios! No dejaba de sorprenderme el hecho de que me estuviera convirtiendo en metralleta de respuestas tontas. Por respeto a Ella, me aguanté las ganas de agarrarme a cachetadas. De todos modos, la conversación seguía y, para sorpresa de Migo, se estaba poniendo más interesante. Al parecer no iba tan mal. De pronto, en esa tertulia interesante, comenzaron a aparecer preguntas interesantes también. Preguntas que ya había imaginado y que mi imaginación esperaba. Preguntas cuyas respuestas ya había ensayado con imaginación. Pero, como suele pasar, lo que se ensaya se olvida; y cuando ella hablaba con yo,  y Migo con Ella, los nervios me hacían entrar en un estado de idiotez de dimensiones inimaginablemente profundas.


Ya era notorio el temblor de mi voz a causa de los nervios, pero su siguiente pregunta era perfecta para que yo me disfrazara de Condorito y me fuese de culo con un rotundo y onomatopéyico "¡Plop!".


A pesar y en contra de todo pronóstico, me incorporé y la imaginé frente a mí. Entonces, con toda la sinceridad del caso, comencé a disparar estupideces enamoradas desde lo más profundo de mi Migo confesándole, con amor en los nervios, que sentía algo por ella. Y a punta de estupideces la comparaba con ángeles, flores, brisa, cielo, y aquello que mis nervios consideraran bello en ese momento.


De repente... silencio. Como Houdini, nada por aquí (con Migo)... Nada por allá (con quién).


Creí que en medio de ese bombardeo, había dicho algo malo... tal vez otra estupidez peor.


Ella: ¡Wow!... No sé qué decir... Gracias. ¡Gracias infinitas!...


Migo: Ahora sabes la verdad. Y... pues... ahora soy lo suficientemente valiente como para admitir que tengo miedo... nervios... y todo lo que pueda estar causando que me tiemble la voz. Pero es gracias a ti. Todo esto es por lo mucho que me gustas.


Ella: Y es que... además tienes habilidad con las palabras.


Eso sí que era una sorpresa. Todo lo que había ensayado se me había olvidado (como poema de izada de bandera en primaria). Sin embargo, mi Yo/Migo interior había hecho un buen trabajo. Ella, que es toda una enciclopedia andante, me había dicho que yo tenía habilidad con las palabras... ¿Qué le dije? Nuevamente N.P.I.1


Ahora la conversación se había convertido en todo un confesionario donde ninguno de los dos pedía el indulto. Sólo confesiones, aunque más por el lado de aquí (con Migo).


En fin... colgamos. Sentí como si me hubiese levantado de la mugre. Profundamente enlodado, pero con el corazón orgulloso. 


Luego pensé... "Bueno... ella cree que tengo habilidad con las palabras...
Cómo quisiera que me ayudara a descubrir qué habilidad tengo con los silencios".


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1 N.P.I.: Ni Puta Idea.